Jueves, 30 de Marzo del 2017
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ESTéVANEZ, Nicolás
(1838-1914) POLÍTICA Nº 32, marzo-abril 1999
Por José Esteban

Tanto por su talante como por sus hechos militares y políticos, encarna don Nicolás Estévanez la definición del republicano español, ya que serio significa no sólo una actitud política, sino, sobre todo, una conducta ante la vida.

Nació tan ejemplar personaje el 17 de febrero de 1838 en Las Palmas de Gran Canaria, hijo del capitán Francisco de Paula Estévanez y de doña Isabel Murphy y Meade. Muy joven, en 1852, ingresó en la Academia de Infantería de Toledo, cuando estaba instalada en el viejo edificio de la Santa Cruz. De allí salió como alférez. Participó en alguna de las famosas asonadas liberales y, después, ya como teniente, en la guerra de África (1859-60), formando parte del Cuerpo del Ejército que mandaba don Antonio Ros de Olano, y cuyo jefe supremo era el general Leopoldo O'Donnell.

Se batió con tal arrojo el joven teniente en las acciones militares del valle de Tarajar, cerca del río Guad el Jelú, en la batalla de los Castillejos, en la conquista de Tetuán en que fue ascendido- y en la de Guad-Ras, que se le concedió la gran Cruz Laureada de San Fernando.

En 1863 se trasladó a Puerto Rico y de allí a los Estados Unidos. Estudió "in situ" los episodios más salientes de la guerra de Secesión y publicó una interesante Memoría.

Hizo más tarde la campaña de Santo Domingo en la que mandó un batallón, a pesar de que su grado era sólo de capitán.

Contrajo matrimonio en Puerto Rico con doña María Concepción Suárez y Otero, que le dio dos hijos, y más tarde fue destinado a Cuba, en donde, y por méritos de guerra, fue propuesto para comandante. Allí, y por el fusilamiento de unos estudiantes, abandonó el ejército. Estimó la crueldad de los voluntarios españoles de la Habana, más como una estupidez que como un verdadero crimen.

Ya en España tomó activa parte en la revolución de 1868 y en el movimiento liberal de 1869, en el que fue hecho prisionero en Béjar, y encerrado en Salamanca y luego en Ciudad Rodrigo. Recobró la libertad al ser amnistiado en 1870, perdiendo su empleo en el ejército.

Representó después a la ciudad del Tormes en las Asambleas Federales, fue profesor del Ateneo Militar, y miembro del Directorio republicano por Orense con Pi y Margall, Figueras y Castelar. Diputado por Madrid y reelegido por tres distritos para las Constituyentes, optó por el de su país natal, Canarias.

En 1872 inició un movimiento revolucionario en Andalucía, y se apoderó de la ciudad de Linares, derrotando a la columna de Borrero.

Al proclamarse la gloriosa primera República, después de haber renunciado al empleo de Brigadier, fue nombrado Gobernador de Madrid.

Durante los graves sucesos del 23 de abril, en que los conjurados radicales, intentaron destruir la República, don Nicolás Estévanez luchó gallardamente a su favor y, al final, tras la derrota del adversario, acudió a salvar la vida del general Serrano, su enemigo, utilizando su coche para residenciarlo en una embajada, desde donde el duque de la Torre pudo huir impunemente al extranjero.

Pero su opinión sobre Serrano y lo que éste representaba no ofrece dudas: "Si los afortunados vencedores de Alcolea hubiesen proclamado la República, ésta se habría consolidado. Acaso los errores de los hombres o las veleidades de los pueblos hubieran traído al cabo la restauración borbónica, pero mucho más tarde, la República hubiera dejado en ese caso más hondas raíces, mayores intereses y más larga historia".

La más alta cota política que alcanzó tan distinguido republicano fue la de ministro de la Guerra. Solamente unos días, del 11 al 28 de junio de 1873, y en uno de aquellos Gobiernos efímeros de nuestra primera República

Pi y Margall quiso entonces enviarlo a Cuba a calmar las impaciencias y las arbitrariedades de los reaccionarios españoles que sólo conseguían el odio de los indígenas. Pero declinó la propuesta al no contar con la tropa necesaria para imponer el orden. Pero Cuba, y sobre todo La Habana, serían para el republicano un lejano ideal. Decía que allí le gustaría morir y si se proclamaba la Segunda República quería ser nombrado embajador de España en la querida isla.

Al producirse el golpe reaccionario del general Pavía, Estévanez conspiró contra el régimen. Híbrido del general Serrano. Y nos dejó unos curiosos versos contra la vuelta de los Borbones, parodiando a Bécquer.

Volverá la partida de la porra por mayor y menor a funcionar Volverán a romperle las costillas a todo el que trascienda a liberal Volverán calamares sin vergüenza a transferir millones, a robar y volverán a España los Borbones y frailes y jesuitas volverán

Don Nicolás vivió un largo, larguísimo exilio en París, traduciendo para la editorial Gamier incansablemente. Vivió en la más extrema pobreza, negándose a cobrar su sueldo de ministro al que tenía derecho.

Dejó escritas unas impagables memorias, tan raras entre los militares de nuestro apasionante siglo XIX. Memorias llenas de interés, tanto histórico como literario para descifrar las claves de la tormentosa vida política española.

Baroja que le conoció en París nos dejó unas significativas páginas sobre tan novelable personaje y del que debía haber escrito alguna de sus novelas históricas. Pocos personajes tan apasionantes vivieron el apasionado siglo pasado.

Español hasta la médula, fue fiel hasta el fin de sus días a los ideales de la República Federal, a la que sirvió con entusiasmo digno de mejor agradecimiento. Fue enemigo del separatismo libertario y, algo que le honra a nuestros ojos de españoles, un defensor acérrimo de la pureza de nuestra lengua.

Por todo ello, y por tantas cosas que aquí hoy no caben, los republicanos le debemos eterno reconocimiento y, me atrevería a decir que hasta devoción.

NICOLÁS ESTÉVANEZ (1838-1914) EN LAS MEMORIAS DE ISIDORO LÓPEZ LAPUYA

POLÍTICA Nº 46, enero-febrero 2002 JOSÉ ESTEBAN *

Son tan escasos los testimonios acerca de la larga vida de exilio que llevó en París don Nicolás Estévanez que es muy de agradecer las referencias que le dedica López Lapuya en su curioso libro "La bohemia española en París a fines del siglo pasado" **

"Hablar de Estévanez es evocar un período largo y majestuoso e nuestra historia nacional, no solamente la política. Aquel gran hombre, entrado en años cuando lo conocimos, tenía y guardó siempre una vitalidad tan firme que no se hacía viejo, ni en lo mental ni en lo físico. En una cosa, sin embargo, estaba como estereotipado: seguía perteneciendo a los hombres del 48 en punto a la conservación de ideales; no a los mismos ideales de aquella época (de ser así, no hubiera realizado progresos) sino en el culto, en el amor a los ideales, con menosprecio de toda especie de aprovechamiento de los mismos para fines utilitarios.

Estévanez era ignorantísimo en el arte de ganar dinero: es verdad que esta positiva ignorancia no era efecto de incapacidad sino de un arraigado menosprecio. Militar, militar español de arriba abajo y de la buena época tenía del honor un concepto ya casi incomprensible. Patriota, sin ninguna duda, y no por rancios sentimientos, sino por estar persuadido de que España tiene una misión histórica y debe cumplirla en Europa. Por supuesto que la palabra Europa le indignaba. Cuando un grupo de amigos, con Morote, Ginard de la Rosa y algunos más de aquí y de España pensamos publicar en Madrid un diario y llamarlo Europeo, Estévanez me escribió una carta (a pesar de verme con frecuencia) lamentándose de aquella iniciativa y añadiendo que sólo su afecto y su temor a hacemos daño le impedía censuramos acre y públicamente. El Europeo no salió y hoy no me pesa.

EUROPA ANTAGÓNICA

Para Estévanez la palabra Europa representaba una idea casi antagónica de la palabra España. Nuestro enemigo nacional en este conjunto de naciones saturadas de imborrables prejuicios, de enemistades seculares, de latentes odios, de ambiciones rastreras y siempre retoñantes. Africanos mejor: más exacto además y más honroso. Lo peor de cuanto ha sucedido en la Península Ibérica ha sido la desaparición de nuestro califato de Córdoba. Aquella cultura sí pudo ser nuestra. Al desenvolverse con los siglos, hubiera contrabalanceado, con sus claridades andaluzas, las neblinas del Norte. Por algo los astutos godos, francos, ostrogodos, visigodos, germanos de todas cataduras y motes, nos empujaron a esa guerra civil que fue la Reconquista. Poco ha faltado para que la Cruzada occidental hiciera de nuestra Península Ibérica una cosa semejante al Asia Menor.

Estévanez era republicano: y no lo digo para enseñar una perogrullada, sino para que conste esa verdad ante la afirmación de que dejó de serlo para destacarse más allá, para hacerse anarquista. Porque llegó a creerse así en España el desafortunado Estévanez sufrió persecuciones, prisiones, mil quebrantos. En el fondo, para la cortedad de vista, cabía confusión: en efecto, el maestro en federalismo, estaba lejos de la política ostriforme, de lo que en nuestro país llamamos "consecuencia" y que consiste en pensar "hoy como ayer, mañana como hoy y siempre igual". El federalismo, en su concepto, había terminado en cuanto a partido político: sembró en su tiempo ideas, éstas habían germinado y no cabía esperar ya más que una recolección fructífera.

( ... ) Estévanez bohemio; pero entiéndase que vivía con el mayor decoro. No cobraba (tampoco Ruiz Zorrilla) su pensión de ex ministro; mas tenía un retiro militar y éste, considerándolo muy suyo, lo aceptaba. No era bastante, sin embargo. Esto, por lo que tiene de íntimo, no debiera escribirse, a no requerirlo así el enlace con otros hechos políticos.

( ... ) Habitó Estévanez en distintos lugares de París. Su último domicilio, donde vivía al estallar la gran guerra, se hallaba en el Boulevard Raspail (para precisar, número 111). Ocupaba un pisito y en éste su gabinete de trabajo tenía un balconcillo que daba al Boulevard y desde donde se veía el cementerio de Montparnasse, en la acera de enfrente. El balconcillo estaba en un ángulo de la pieza y contiguo a la puerta. A continuación en el hueco de la pared y hasta el otro ángulo de la habitación se encontraba una mesa, donde escribía Estévanez. Encima de la mesa lo primero que se ofrecía a la vista y lo primero que Don Nicolás ofrecía eran los cigarrillos y los fósforos.

En este cenobítico interior vivía Estévanez. En aquella mesa dirigiendo de vez en cuando la mirada a través de las cortinillas, a la luz de un cielo encapotado, redactaba Estévanez lo que pocos españoles sospechaban, hermosos versos octosílabos. El romance español satisfacía sus sentimientos y sus delicadezas de arte. Y lo decía, cuando leyendo en la mayor intimidad alguna de sus composiciones movía la cabeza a compás de sus gratas cadencias.

Allí se expansionaba Estévanez hablando de política nacional e internacional, tomando la defensa de Lerroux tantas veces como le parecía indispensable: equivale a decir siempre que le visitaba un correligionario. De aquí la conocida frase de Don Nicolás "Lerroux combate a la monarquía y los republicanos le combaten a él". No todo, sin embargo, eran elogios: algún resquemor exteriorizaba Estévanez cuando explicaba que Lerroux era un caso nunca visto en política: el caso de un jefe de partido que dirige a éste no en virtud de servicios acreditados sino en razón de los servicios que de él se esperan.

De Castrovido hablaba bien y de Salmerón mal. A Castrovido lo trataba con afecto filial como los viejos tratan a los hombres a quienes conocieron en su infancia y para los cuales conservan, con el cariño de otros tiempos, el afecto y la consideración que estiman merecida.

( ... ) La gran guerra venía. En 1912 en Francia era cosa esperada: se hablaba de ello como de un acontecimiento normal y para breve plazo. Lo que no pensaba absolutamente nadie es que la crisis de armas pudiera durar más de un trimestre.

En España -me decía Don Nicolás- la opinión dominante es que ganará Alemania. Pues bien: la equivocación es completa. No ganará Alemania: ganará... Inglaterra. Donde vaya Inglaterra, allá irá el triunfo. La Gran Bretaña no ha perdido jamás una guerra. Ha perdido batallas tantas como se quiera, pero el triunfo final siempre ha sido suyo.

( ... ) Y vengamos al triste desenlace. Estévanez estaba preocupado y como entenebrecido su ánimo. parecía complacerse en pasear por el cementerio -por lo demás un verdadero jardín- de Montparnasse. En vano tomaba café sobre café, apilando platillo sobre platillo no sin sorpresa del camarero que solía servirle. Estalló la guerra. Apenas teníamos unos comienzos de impresiones. Estévanez leía con avidez la prensa. Pasaron ocho días sin que lo viera yo; plazo harto largo para mi constancia en visitarle. Volví a su domicilio y me abrió la puerta la hija de mi venerado amigo: su padre acababa de espirar en aquellos instantes.

Mi compañero Calderón, el corresponsal de El Progreso, había sido el único acompañante del maestro en sus momentos últimos. Un cablegrama de Francisco Estévanez, desde Buenos Aires, me confirmó la confianza con que me había honrado siempre el padre. Entre la hija, Calderón y yo pudimos reunir unos cincuenta francos. Deliberamos. Pedimos auxilio a la Embajada. Nos fue prestado sin dificultad. Generosamente nuestra Embajada intervino y ella pagó el entierro del ex ministro de la Guerra de la primera República Española...

Detrás del coche fúnebre de dos caballos, sin gualdrapas, caminando por espacio de cinco o seis kilómetros y a pie, iban cuatro o cinco personas. Al frente, Blasco Ibáñez. A la entrada del Pere-Lachaise, otro exiguo pelotón esperaba: Vinardell, Romajara, alguno más.

Nos impusimos el deber, cumpliendo la voluntad de Estévanez, de disponer la cremación de su cadáver. Y allí, por el alegre anfiteatro, lleno de luz del cielo y embellecido por cortinajes de terciopelo rojo y oro, pasó primeramente el féretro. Y después repasó la urnita de alabastro donde las cenizas de aquel hombre de bien quedaron encerradas.

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* Por la trascripción y resumen ** Isidoro L. Lapuya, "La bohemia española en París a fines del siglo pasado, Desfile anecdótico de políticos, escritores, artistas, prospectores de negocios, buscavidas y desventurados", Prólogo de José Esteban, Biblioteca de Rescate, Renacimiento, Sevilla, 2001.

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