Jueves, 30 de Marzo del 2017
Documentación >> Personajes Históricos
SALMERóN Y ALONSO, Nicolás
(Almería, 1837 – Pau, 1908) En Política, nº 54 septiembre/octubre 2004
Por: Fernando Fernández Bastarreche

Nacía Nicolás Salmerón y Alonso en abril de 1837, séptimo hijo del matrimonio formado por Francisco Salmerón López y Rosalía Alonso Cortés. El padre, médico de profesión y de ideas liberales, había marchado años antes a tierras almerienses desde Torrejón de Ardoz, para establecerse en el pueblo de Alhama la Seca, donde se sentía más a resguardo de la política represiva del absolutista Fernando VII.

Huérfano de madre contando pocos meses,Nicolás Salmerón Nicolás crecería bajo la severa disciplina de su hermana mayor, María, siempre bajo la no menos severa tutela de su padre, que se encargaba de enseñar las primeras letras a sus hijos. En 1845 iniciaría sus estudios en el recién creado Instituto de Almería para luego, obtenido el título de Bachiller en Artes, trasladarse primero a Granada y posteriormente a Madrid, donde bajo la protección de su hermano mayor Francisco, cursaría los estudios de Filosofía y Letras. Son estos los años en que establece contacto con algunas de los más relevantes intelectuales de la época, como Julián Sanz del Río -de cuya mano se introduciría en la corriente filosófica del krausismo- o Francisco Giner de los Ríos, con quien colaboraría en la fundación de la Institución Libre de Enseñanza. Son también los años de sus primeros pasos en la vida política, dentro de la órbita del recientemente aparecido partido Demócrata, simultaneando la actividad política con los estudios de Derecho y vinculándose definitivamente a Madrid, donde se establecería profesionalmente y se casaría. De su matrimonio con Catalina García llegarían a nacer trece hijos, de los que solo siete sobrevivirían.

Desde estos primeros momentos la personalidad de Salmerón queda definida por una gran capacidad de trabajo, unida a una sólida formación intelectual y a una honestidad y coherencia en su conducta que en ocasiones llegaría a resultar contraproducente para su carrera política.

No tiene, en función de lo dicho, nada de particular que Nicolás Salmerón se encontrara entre las víctimas de la política represiva que caracterizó los últimos años del reinado de Isabel II. Separado de su cátedra en la llamada “primera cuestión universitaria”, y necesitado de medios de vida, abrirá el Colegio Internacional, que se ha considerado en cierto modo un precedente de lo que años más tarde será la Institución Libre de Enseñanza. Acusado de conspiración, será detenido y encarcelado. Marchando posteriormente a su pueblo natal, a reponer su salud, quebrantada por la estancia en prisión.

En medio de esta actividad política y profesional, es también en estos años cuando Nicolás Salmerón define su postura ante la iglesia católica a través del análisis que hace de la doctrina pontificia formulada a través del “Syllabus” y de la encíclica “Quanta Cura” en la que la Santa Sede condenaba las nuevas corrientes ideológicas. A través de dos artículos publicados en la “Revista Democrática”, Salmerón plantea el antagonismo entre la civilización moderna, asentada en la razón y la libertad de conciencia, y la doctrina católica, expresada en los documentos citados.

La convulsa situación política que siguió al derrocamiento de Isabel II, le llevaría al primer plano de la actividad política. Sus intervenciones en las famosas reuniones del circo Price, en octubre de 1868, en las que los republicanos discuten sobre el carácter de una hipotética república en España, ponen de manifiesto su sentido común, al defender doctrinariamente la fórmula federal, pero reconociendo la conveniencia de adoptar en un primer momento la fórmula unitaria, más adecuada a la escasa formación política del pueblo español.

Diputado por Badajoz, su actuación en las Cortes de 1871, especialmente sus intervenciones en el debate parlamentario sobre la legalidad de la I Internacional, le consagran como uno de los grandes oradores del siglo XIX. Nuevamente sus intervenciones nos definen la personalidad de Salmerón. Contrario a la Internacional –dentro de los que fue la reacción por parte de la burguesía y las clases medias a los sucesos de La Comuna de París-, mantiene no obstante la legalidad que la Constitución de 1869 presta al derecho de las clases obreras a asociarse libremente.

Con la proclamación de la República, Salmerón alcanzaría su máximo protagonismo. Ministro de Gracia y Justicia bajo la presidencia de Figueras, se mostró decidido defensor de la independencia del poder judicial ante el político y trabajó en pro de la abolición de la pena de muerte. Presidente de las Cortes durante la etapa de Pi y Margall al frente del Ejecutivo, seguirá mostrándose partidario de una política de prudencia en el proceso de implantación del federalismo en España. Progresivamente fue convirtiéndose en líder de un sector moderado del republicanismo que la auparía a la Presidencia de la República tras la dimisión de Pi y Margall, desbordado por el fenómeno cantonalista. Presidente del Ejecutivo desde julio de 1873, dio los primeros pasos encaminados al restablecimiento de una situación de orden sin la que la supervivencia de la República resultaba inviable, dimitiendo tras siete semanas en el poder antes que poner su firma en la sentencia que condenaba a muerte a varios soldados desertores en el frente de batalla carlista. Finalmente, volvió a presidir las Cortes durante la etapa de Castelar, siendo factor determinante en la caída de éste del poder al negarle su apoyo en la moción de confianza planteada a finales de 1873, en una de sus actuaciones políticas mas controvertidas.

La Restauración de los Borbones significó el retorno a la persecución que, como en los años finales del reinado de Isabel II, le supusieron nuevamente la separación de la cátedra, pena similar a la que sufrieron otros profesores –como Giner de los Ríos o Azcárate- que, como Salmerón, se erigieron en defensores de la libertad de cátedra. Desterrado en Lugo, hubo de dedicarse al ejercicio de la abogacía para sobrevivir y, como ya hiciera a raíz de la primera cuestión universitaria, buscó con otros compañeros una vía alternativa a la enseñanza controlada por el Estado a través de la creación de la Institución Libre de Enseñanza. Poco después suscribiría el manifiesto del Partido Republicano Reformista de Ruiz Zorrilla, lo que llevaría al gobierno canovista a ordenar su detención. Para evitar un nuevo ingreso en la cárcel, Salmerón abandonaría España, permaneciendo la casi totalidad de su exilio en París.

Afianzada la Restauración como sistema político, el gobierno liberal de Sagasta decidió reintegrar a sus cátedras a los profesores expedientados. Sin embargo, Salmerón no regresaría a España hasta cuatro años más tarde, momento en el que no sólo retomaría su labor docente, sino que supondría su reintegro a la vida política parlamentaria, que ya no abandonaría hasta su muerte, fundado el Partido Centralista tras su ruptura con Ruiz Zorrilla como consecuencia del pronunciamiento de Villacampa.

Su prestigio, y la progresiva desaparición de las grandes figuras históricas del republicanismo, consolidaron e incrementaron la influencia de Nicolás Salmerón que, en 1903, fue designado líder de la Unión Republicana, intento de superar la histórica fragmentación del republicanismo español a lo largo de la Restauración, que se tradujo en un importante avance en las elecciones generales de 1905, consiguiéndose 30 escaños. Con setenta años, Salmerón vuelve a erigirse en defensor de la libertad de expresión en los debates sobre la Ley de Jurisdicciones y, en parte como consecuencia de su aprobación, se producirá la alianza con los regionalistas catalanes a través de Solidaritat Catalana. Que, con el político almeriense como líder, consiguió unos resultados más que aceptables en las elecciones generales de 1907.

El 20 de septiembre de 1908, a los 71 años, moría el político republicano, que sería enterrado pocos días mas tarde en Madrid, en medio de una multitudinaria manifestación.

De su labor como filósofo, como docente, como abogado y, muy especialmente como hombre público, destaca sobre todas sus características, la honestidad con que siempre actuó y la coherencia entre doctrina y acción, convirtiéndose Nicolás Salmerón en el prototipo del político honesto que nunca anteponía sus intereses personales al bien general.

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* Fernando Fernández Bastarreche es Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Granada

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